• Lucía Oliverio

CÓMO DECIRLE ADIÓS AL PLAN

Lloró sus meses de dudas, lloró el denso pavor del pasado mezclado con su miedo al futuro. Todo lo que parecía gris era como una nube que le impedía distinguir entre lo que había pasado y lo que vendría.


Llevaba una hora sentada en ese banco. Tenía frío, pero todo el abrigo que traía ya estaba puesto. Sabía que temblaba por dentro, en realidad. Que era imposible abrigar el hielo debajo de su piel, que estaba cubierto de todas las cosas que le costaba nombrar.


Los dedos helados quisieron abrir el bolso. El borde de cuero era difícil de maniobrar. Todo lo que quería era algo de plata para poder comprar un café recién hecho: la única forma de calor que podía proporcionarse. Lo logró con motricidad nula, a medida que se levantaba para encarar el mostrador de última cafetería abierta a esa hora. Afuera, la noche cerrada le auguraba un despegue complicado. Raro en ese horario, pero había mucha niebla. El empleado la miró inquisidor mientras contaba los billetes arrugados. Ahí ella intuyó que las lágrimas semisecas en las mejillas le daban look patético. “Azúcar o edulcorante”. “Veneno”, quería responder. Pero hizo gesto de NO con la cabeza y sólo pudo decir “Nada”. Ni un “gracias” cayó de su casi siempre correcta boca.


Entre sorbos se acomodó en el asiento anterior, que ya casi estaba moldeando con la forma de su cuerpo. El líquido caliente le activo el fluir de sensaciones de manera automática. Fue como un combustible, porque disipó la nube densa. No entendía más que antes, pero se permitió sentir con honestidad: no se quería ir.


Pensó en cada día de su último año en esa ciudad europea, que ya era hogar. Sintió la forma de la almohada, el ruido del ascensor en todos sus movimientos, la voz de su jefe en cada buen día, el viento golpeador que le sacudía la cara en las mañanas de invierno, el olor del subterráneo de día y el silencio de noche. Sintió la alegría de su primer día, cuando el último no tenía forma aún. Cuando el último no tenía la forma del hoy.


No recordaba tanto qué la había llevado hasta allá, pero recordaba su entusiasmo. Pensó en sus planes. En los no proyectos, en realidad. Porque todo lo que se había propuesto hacer sin siquiera haber llegado, fue mutando hacia un lado distinto. Ni mejor ni peor. Sólo pudo ver que los planes eran estériles cuando descubrió la necesidad de tenerlos. Esa ironía le sacaba libertad, le bloqueaba cada paso. Se estaba yendo sólo porque estaba escrito en su primer mapa. Esa ruta, ¿a dónde conducía hoy? A quién quería ganarle: ¿a las ganas de quedarse o al miedo de irse?


Se activó un parlante que dio lugar a una voz ronca. El tedio del anunció para embarcar era idéntico al panorama de la sala: unas cuantas personas semidormidas con pocas ganas - o ninguna - de iniciar movimientos. Ella no sabía si correr o no hacer nada. Si subir o bajarse.


Y todo esto por decir adiós, o por no poder decirlo.



#divagandoenpluma

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