• Lucía Oliverio

DE DIEZ A UNO: RANKING DE RECUERDOS LINDOS ANTES DEL FIN DEL MUNDO

¿En un minuto todo explota? Parece que no hay tiempo para preguntas o huidas. Me mandaron a rankear todo lo que me llevaría al despedirme. Heme aquí. Me cuesta ordenar, priorizar, no dejar nada afuera. Se me mezclan las imágenes espontáneas con las que me fuerzo a pensar en los nervios. No me queda claro si se me ocurren 20 o si me quedo con un par. Y me abruma apurarme, que explota todo. Pero intentemos.


Personas no vale, clarísimo. Ahora me pongo con recuerdos. Pero la primera cosa que me viene a la cabeza en realidad son dos: DNI y llaves de casa. Y es cero poético. Si voy a volar en pedazos y alguien me encuentra, que sepa que alguna porción de esas perteneció a Lucía. Y si sobrevivo estaría bueno probar volver a casa.


Diez. El primer paraguas que tuve. Ni idea, apareció esa imagen. Si pienso en un objeto “de valor” no sé por qué siempre me acuerdo de ese regalo que pedí durante meses. ¿Por qué un paraguas? ¿Por qué azul? En la simpleza de ese pedido me conmueve mi cabeza de chiquita. Todavía recuerdo el momento en que lo vi envuelto y dejé de esperarlo. Creo que más que con el paraguas me quedo con la forma de ese anhelo y con la gratitud del después. Se me voló en una tormenta y nunca más lo vi.


Nueve. Me guardaría la sensación de meterme en la cama después de un día agotador, con las sábanas limpias recién puestas (idealmente por otro). Me llevaría el registro exacto de los cinco minutos antes de dormirme profundo. Ese hueco entre la vigilia y el sueño que es como un agujero negro del que salen las mejores ideas, y la inconciencia más agradable de dejarse ir. Siempre me encantó ese micromomento y me lo llevaría calcado.


Ocho. No sé por qué en este momento me viene a la cabeza el primer registro que tengo de haber mentido. De chiquita.

“¿Cruzaste sola la calle, en serio?”

“NO”

“Te vio el portero”

“OK, sí”


Siete. Pies en la arena con la ola que viene, el día 1 de verano. Todo ese combo. Descalza en una orilla sabiendo que tendré varios días con agüita fresca en los pies. No quiero explotar, prefiero nadar.

Seis. Un vino frente al fuego. Sola conmigo. Saboreando el tinto que más me gusta. Y si todo explotara en un minuto, ya que estoy volvería a fumar para prenderme un cigarrillo mientras las llamas bailan y me dejo ir también.


Cinco. Un 10 en un examen, o el OK al trabajo que soñaba, algo así. Algo que me dé cosquillas de satisfacción y me justifique autopalmada en la espalda. Ese instante que te hace sentir que el esfuerzo valió la pena. Ese efecto de orgullo lindo, ese “sí, pude”. Me lo llevo.


Cuatro. Un ratito de dolor o llanto. Esa sensación también. Cualquier recuerdo de algo que me haya rasgado y que hoy me haga sentir más entera, mejor armada. El rato de llanto terapéutico que después de brotar sin control y sacarte el aire, al final te lo devuelve. Ese alivio, esa humanidad, esa calma que viene después. Raro, pero también me la llevaría.


Tres. Una escapada con amigas, a cualquier lado. A algún lugar que nos tenga sin tomar muchas decisiones y con tiempo de más para las charlas que la vida te da pero la agenda te saca. Las carcajadas. La montaña de papeles de caramelos en la sobremesa. Los cuentos en bucle que siempre se repiten desde el origen de los tiempos, pero nunca suenan igual. Ese “cómo no hacemos esto más seguido” que cierra cada encuentro. Lo quiero ya.


Dos. Viaje en familia en el auto, todos. Nada me remite más a la infancia. Entre la adultez que alcanzamos y que cada uno tiene movilidad propia, ya perdimos eso. Pero si tuviera que elegir un instante de todos juntos sería uno así. Ni idea. Con las peleas en el asiento de atrás que sean necesarias. Con los sándwiches que armaba mamá, todos prolijitos en cada borde y con el relleno que cada uno quería, envueltos en servilleta y el consabido “no hagan migas”. Con las escalas ruteras, las siestas y el veo veo. Nos llevaría a todos en esos ratos juntos como en carne viva. En esos viajes de disfrute, yendo a un futuro entre algodones porque nos cuidaban tanto y con tanta aventura como quisiéramos tener. Pienso que seguro que así le ganamos a la explosión.


Uno. El mejor beso de mi marido. Y no sé cómo elegiría uno. No sé cuál. El primero, el último, el del momento en que decidimos casarnos, el más lindo de “buenos días”, alguno post pelea, en el quirófano con nuestro Toribio tibio. Quizás aprovecharía el último minuto pre explosión para correr a él. Ahí sí que vale no ordenar ningún recuerdo. Quiero crearlo.



#divagandoenpluma

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