• Lucía Oliverio

TE DESPIDO TRISTE, PERO ME ALEJO FELIZ

¿Te acordás de cuando alejarte era una buena idea? Sana, nutritiva, distinta, como un bocado de algo bueno con sabor a vida. El primer adiós parecía difícil. Pero el miedo más grande era añorar la casa de mamá y papá, convertir en propios metros cuadrados diferentes, apoderarse de calles y esquinas nunca vistas, el olor de una boca de subte nuevo, el acento de otro jefe, el color distinto de la etiqueta del café, el ruido de un nuevo ascensor. Chequear si la risa propia es la de siempre, si desenvolverte es igual. ¿Cuánto cambia uno cuando son nuevas las personas y otras las miradas?

Irse era todo lo bueno y el adiós era colateral. Era la mosca en la sopa que había que tragar o apartar. Nada más. Hoy cada vez que vuelvo a verte vale infinito, pero estos adioses me cuestan igual. Nos fuimos acostumbrando a despedidas agridulces. A que el yunque del adiós pese mucho y pase rápido. Nos vamos anestesiando y dando inmunidad para estar lejos y bien. Nos vamos alejando rápido para acortar el pinchazo de ese “hasta luego”, con un luego que no sabemos cuándo será. Y apretamos el paso para que esa duda muerda menos. ¿Cómo hago para dejarte feliz dónde estás y a la vez traerte conmigo? Cada adiós es igual de agudo y húmedo. Sólo podemos achicarlo entre lágrimas, irnos con la risa acumulada y que todo lo lindo dure. Y seguir maniobrando la distancia para ser felices con la felicidad de la otra. Te despido triste, pero me alejo feliz. Hasta la próxima visita, @mechioliverio de mi corazón.

#divagandoenpluma

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