• Lucía Oliverio

OIGO MUCHO Y VEO POCO

Actualizado: mar 23

Oigo mucho y veo poco. Oigo todo. Mezclado.

Gran parte del vidrio pintado de gris opaco para que no nos vean y asumo que para que no veamos.

Pero todo lo oímos oíriamos. TODO. Lo molesto, lo cercano, lo estridente.


“Hay paltaaaa” y ya intuyo que ese producto es roca dura muy lejos de madurar.

Será sólo favor y poco guacamole. Algún día haré el favor, seguro.

“Hay garrapiñadaaaaa” y quiero invierno.

Quiero frío y quiero querer salir a verle la cara al gritón que me impide trabajar en calma.

Quiero fuego y chimenea, estar abrigada. Cada vez que dice garrapiñada quiero siesta.

“Hay caféeee” y tiemblo de sólo imaginar el producto.

Pero si le meto garrapiñada es un programón. Y siesta.


Bocina y bombo. Concentración de unos pocos se acerca.

En cada sonido de la trompeta que arenga, suena dónde están.

En cada ruido acompasado puedo entender cuántos carriles cortaron: a más bombo, más bocina.


Todo lo demás, inaudible.

Alaridos e insultos. Orden y contraorden. La mezcla en gritos.

Basta de calor, pero qué duro el frío, viejo.

Rajá, gil. Acercate, hermano.


Aguda percepción de tantos meses.

7 meses acá, en este espacio reducido.

Oigo todo, veo nada.

Arriba hay una porción de cielo y nada más.

El resto es ruido.

La ciudad entra por mis oídos e impone su realidad aunque no quiera.

Tan llena de folclore urbano, tan dura para concentrarse.

Tan ruidosa que a veces grito y los quiero callar, y otras me hacen reír y los quiero abrazar.


Quiero cerrar la ventana, pero si cierro no corre el aire.

Y me los pierdo. Los odio y los quiero.

Afuera Buenos Aires respira, grita, se queja.

Y abraza, ironiza y acompaña.

Buenos Aires, te oigo tan bien.












#divagandoenpluma

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